Por: Carlos Tünnermann B.

En el discurso de nuestros políticos y dirigentes de la sociedad civil es frecuente la referencia a un proyecto de nación. Considero un avance en nuestra cultura política que dirigentes de diferentes signos ideológicos coincidan en la necesidad de elaborar un proyecto de nación. Un proyecto de nación sería el aglutinador por excelencia de una alianza de todos los sectores que adversan el proyecto orteguista, y que se proponen diseñar una alternativa política diferente del proyecto autoritario que ilegítimamente se nos ha impuesto.

En las sociedades donde se dan profundas crisis políticas y sociales es conveniente que se lleve a cabo un proceso de concertación, que culmine en la adopción de un proyecto de nación. Este pondría las bases para la recuperación institucional del país y su auténtico desarrollo. Está demostrado que los países con instituciones democráticas sólidas progresan más rápidamente que los gobernados por caudillos populistas y anacrónicos.

Un proyecto de nación es la idea, la visión futurista y programática que nos formamos del país que queremos construir y de sus posibilidades reales. En otras palabras, es el perfil de la Nicaragua que queremos edificar entre todos; es el proyecto de sociedad que deseamos heredar a las generaciones venideras. El proyecto de nación debería ser el resultado de un gran consenso social, de manera que beneficie a todos los sectores sociales, sin exclusiones de ningún tipo. Que fomente la equidad y, a la vez, promueva el desarrollo económico y social. En otras palabras, se trataría de un proyecto nacional de corte genuinamente democrático, que conduzca a un auténtico desarrollo humano y sostenible, que priorice las necesidades de los segmentos más vulnerables de la población. El proyecto debería contener las políticas, estrategias y programas encaminados al logro de tales propósitos.

A este respecto es pertinente el concepto de “desarrollo humano” que proponen las Naciones Unidas: “Un proceso mediante el cual se amplían las oportunidades de los individuos, las más importantes de las cuales son una vida prolongada y saludable, acceso a la educación y el disfrute de un nivel de vida decente y con calidad, incluyendo la libertad política y la garantía de los derechos humanos”. La elaboración de una propuesta de proyecto de nación no es tarea únicamente de los políticos, sino de todos los sectores sociales. Los proyectos nacionales no se imponen, se proponen. Se enriquecen con el aporte de todas las fuerzas vivas de la nación y las particularidades de los diferentes territorios. El diálogo, la concertación y el consenso son las herramientas claves para su adopción.

Nicaragua vive uno de los momentos más críticos de su historia por la abusiva y excesiva concentración de poder; la falta de independencia de los poderes del Estado; la corrupción y el populismo clientelista. Es evidente que hemos retrocedido en lo económico y social a niveles que nos colocan en los últimos peldaños del desarrollo en América Latina. Incluso, en relación a nuestros vecinos centroamericanos, nos encontramos distantes de los niveles de calidad de vida, de producción nacional y valor de las exportaciones que ellos han alcanzado. Sin embargo, Nicaragua es un país que, por sus recursos naturales y estratégica posición geográfica, posee la potencialidad de ser un país próspero, sin los increíbles niveles de desempleo y de miseria que en la actualidad golpean a nuestras mayorías empobrecidas y las obligan a emigrar a otros países. La mala conducción del país es la responsable de la situación en que nos encontramos.

El proyecto de nación debería incluir compromisos concretos sobre la defensa de la soberanía nacional, vulnerada por la concesión canalera; sobre la transparencia de las próximas elecciones; la recuperación de la institucionalidad democrática; la lucha efectiva y no asistencialista contra la pobreza; la generación de empleo productivo; la eliminación de la corrupción; el afianzamiento de la legalidad y la seguridad ciudadanas; estímulos a la producción; priorizar la inversión en educación, salud y vivienda; preservación del medioambiente y manejo racional de los recursos naturales.

Todo esfuerzo de unidad no debería estructurarse en torno a un solo partido político ni de un caudillo o líder mesiánico. Debería construirse, como lo propone Unidad por la República, sobre la base de un programa que represente una alternativa seria y creíble frente al proyecto orteguista.

El autor es jurista y escritor.

Un proyecto de nación

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