Por Violeta Granera Padilla/Directora del MpN

“Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”, alzaban su voz los campesinos. La marcha del 10 de diciembre para defender derechos humanos violentados por la ley canalera, ha sido uno de los hechos más hermosos que he vivido en los últimos tiempos. Los vídeos, las fotos y los reportajes de los medios de comunicación explican el porqué de las emociones que se desataron entre campesinos y citadinos en el momento del encuentro. Muchos de los participantes que los esperábamos lloramos. Mujeres y hombres.

Yo pensaba: ¡un solo corazón! Acá late un solo corazón de nuestra Nicaragua, tan sufrida y traicionada, pero inexplicablemente siempre en pie. Con sus injustas contradicciones y fracturas sociales, pero inclaudicable en su sueño de ser mejor. Algunos sabíamos del sacrificio de los afectados por la Insuficiencia Renal Crónica al recorrer a pie los 134 kilómetros desde Chichigalpa, arrastrando sus debilidades físicas y sus fuertes demandas, para llevarlas a la marcha. Estábamos informados de lo que pasaba desde la noche anterior en Nueva Guinea, El Tule, Río San Juan, Rivas, Punta Gorda y otras alejadas comunidades del interior del país, que caminaron kilómetros —literalmente— para subir a camionetas, buses interlocales o camiones y llegar a Managua pese a la confiscación de buses, la detención de sus conductores, y todos los esfuerzos que hizo el régimen por desestimular su peregrinación de denuncia. Temíamos que no pudieran llegar. Temíamos por su seguridad y por la frustración que podía provocarles (y las reacciones), si la Policía, regada en todo el territorio nacional desde el día anterior, lograran impedirles el paso a Managua. Sabíamos que un buen grupo de Rivas y de mujeres de Chinandega decidieron plantarse donde pudieron llegar, para protestar valiente y cívicamente.

Sin embargo, desde tempranas horas de la mañana también supimos que un buen grupo del Norte, de Occidente, del Sur y del Atlántico Norte, habían logrado romper el cerco policial y estaba en camino a Managua. Pero verlos llegar, cansados, apiñados como ganado, y vitoreando contentos su logro, fue —estoy segura que para todos— una emoción difícil de trasladar al papel.

La marcha del 10 de diciembre contra la ignominiosa Ley del Canal no hubiera sido lo mismo sin el esfuerzo por participar —impensable para muchos citadinos— de estos valientes nicaragüenses. Un campesino me dijo, levantando un pie: “Mire usted, no voy a comer unos días, pero me compré estos zapatos… ¿cómo iba a venir a Managua descalzo? Y ahora pienso: ¿quién cree que lo político público es emotivamente neutral? La solidaridad, el compromiso cívico, el esfuerzo compartido, el desafío a un poder abusivo, la defensa de los derechos, la empatía con los problemas del “otro” y con los colectivos… se sustenta en emociones positivas que debemos reforzar.

La política, en mi opinión, no es principalmente un asunto de cálculo, de herramientas, de conocimiento intelectual… y mucho menos de finanza. Es una materia del corazón. ¿Por qué no habían cien veces más de Managua esperando a los campesinos? ¿Por qué los miles de citadinos que tenemos claridad intelectual sobre este atropello no estaban ahí? ¿Por qué no caminaron unas cuadras, queriéndolo hacer? ¿Por miedo? ¿Por indiferencia? ¿Por qué ven las amenazas lejanas todavía (esa terrible ley de callo)? ¿Por comodidad? ¿Por escepticismo? ¿Por qué no saben lo que ya se está haciendo con la dignidad de los campesinos…? ¡No lo sé! Pero sí sé que debemos remover emociones negativas y lograr un “solo corazón” más grande que vibre para defender la Nicaragua nuestra. La de todos y todas. ¡Y que debemos hacerlo a tiempo!

La política es una materia del corazón

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